jueves, 25 de julio de 2013

A TRAVES DE ELLA

Septiembre 2010

A pesar de su empeño, la ventana continuaba teniendo un aspecto opaco, pretendía darle mayor transparencia habiendo utilizado para ello innumerables productos, desde los más famosos y comerciales cuyas propagandas televisivas proponían la mejor de las limpiezas conteniendo las combinaciones químicas más fuertes, hasta las recetas de la abuela, usando materiales caseros. Aun así no lo conseguía, no solo porque no lograba esa promisoria transparencia de la ventana sino además por el hecho de que los pasajeros encontraban diversas formas no intencionadas de obstaculizar su trabajo.
Al inicio del trayecto fue la niña de aproximadamente 6 años con un impuesto vestido, mal puesto y mal vestido, con unas trenzas mal hechas que no daban cuenta de quien ella quería ser, parecía la imagen mal tratada que la tía que la acompañaba le había dado. Notó que en cambio si disfrutaba el chocolate que traía en las manos, no por la boca sino por las manos, lo manipulaba empeñosamente derritiéndolo mientras la tía conversaba falsedades con una amiga de paso, fue con este con el que se encargó de tatuar en el vidrio una serie de figuras, en principio manchas cafés, que dieron forma a su “dibujo libre” el cual finalmente fue un paisaje de su propia representación de un sol, nubes y montañas, al cual había incluido su firma en su recién aprendida escritura.
Era evidentemente una tentación esa ventana de pasillo, era casi inevitable el pasar sin dejar rastro en ella, por eso era la más difícil, su trabajo más desafiante que requería mayor constancia y vigilancia y por tanto tiempo y energía. Fue el primer intento, al descuido y voz de mando de la tía cuando dio su primera trapeada húmeda al vidrio para poder dejar al descubierto el verdadero paisaje que transmitía la ventana. Su trabajo no era tan solo la misión de dejarla limpia, tal como su oficio lo demandaba sino el de poder hacer visible al ojo de los viajeros la vista del recorrido al que se aventuraban con diversos fines, que en este momento era verde, una selva virginal y verde, un espacio que parecía no ser transitado, que encerraba en ella desconocidos misterios, húmeda y sensual, cuantos animales y plantas aun sin nombre, sin clasificación humana… y ya se la veía, el trabajo en la ventana había sido cumplido por lo que el decidió retirarse a cumplir otras labores.
Al retornar a su función de centinela de la ventana, otra persona, mediante otros medios imprimía en ella su huella, era un joven de aproximadamente 26 años quien se recostaba en ella su frente y sus tristezas, parecía haber escapado a este rincón del tren para reflexionar acerca de quien sabe que episodio de su vida. Lo que si veía el vigía era como el joven aprovechaba su reflejo en la ventana para pintarse los labios mientras dejaba correr sus lágrimas sobre ellos, tragando aleatoriamente un par de esas saladas. Comenzó a besar la ventana como si fuera su amante ausente, con pasión, con deseo, con remembranza, pocas veces, tan solo el tiempo en que se hizo parte de esta alucinación de convertir a la ventana en los labios del fantasma de su (quien sabe) pareja. El resultado: el verde de la secreción nasal, cristalinas líneas verticales descendentes de liquido transparente y el rojo intenso de un lápiz labial en forma y textura de labios, todo ello estampado en la ventana, que debía ser nuevamente limpiada. Uso diferentes objetos esta vez para quitar lo que ensuciaba a la ventana, esponjas, trapos y hasta un poco de viruta que le permitió raspar los mocos ya secos.
Al terminar, el tren se había detenido y al frente de sus ojos se encontraba la estación de un pueblo, que a pesar de ser de noche aun albergaba a unas cuantas personas en su andén. Llamó su atención un personaje de 32 años aproximadamente que tambaleante y solitario recorría el lugar con una botella de alcohol en la mano, pero su atención no la llamo su estado etílico sino la risa que profería, no era aquella sarcástica de borracho amargado, era más bien la que se profiere por un muy buen chiste o una eventualidad extremadamente graciosa recién sucedida, era además contagiosa e hizo sentir al vigía un sabor a alcohol por la garganta como si acompañara al beodo y le dijera “salud” en cada pausa de la carcajada exagerada que emitía. Pero el tren reinicio su marcha al mismo tiempo que se dio cuenta que la ventana estaba ya empañada por el efecto de la respiración de la multitud de pasajeros y la baja temperatura exterior, lo que lo saco de su empatía para recordarle que debía tomar un descanso.
A la mañana siguiente despertó con la primera intención de continuar su cuidadosa tarea, sin embargo camino a la ventana tuvo que desempeñar otras tareas propias de su cargo, y para cuando con impaciencia llego a ella descubrió que ya estaba empañada con el retrato de otras manos de cuya historia no fue testigo. Esta vez al limpiarla se quedo un momento deslumbrado por el paisaje de cerros, sol y nubes muy diferentes a los plasmados por la niña de 6 años. Transitaban a través de la ventana a parte del paisaje natural, una serie de eventos típicos del lugar, mujeres y niños pasteando rebaños ovinos y vacunos, pequeñas viviendas de adobe, ningún árbol, ni río, ni cuerpos o formas verdes, paisaje medio plomizo o mas bien café en todos sus matices… un incidente en la cocina del tren hizo que demandaran su servicio para mantener el piso higiénicamente limpio y lo alejo de la ventana.
Pudo retornar a vigilar la ventana un par de horas después, los pasajeros ya habían almorzado y faltaban un par de horas más para que el tren llegara a su destino. Casi corriendo llegó a  la ventana y cuando lo hizo reconoció frente a ella a una mujer de 50 años que era quien preparaba los alimentos de los viajeros y de el mismo, quien a pesar de elaborar los platos más exquisitos y estéticamente bien presentados mostraba un descuido en su apariencia y movimientos. Ella, entretenida en una conversación telefónica, en la que parecía que no prestaba mucha atención a su interlocutor ya que prefería hablar más que escuchar, al mismo tiempo dibujaba con los dedos grasosos y mal olientes una serie de líneas, curvas y rectas en la ventana dejando moldeada una obra de arte medio abstracta que daba la impresión que representaba los sentimientos, sensaciones y emociones que iba sintiendo conforme desarrollaba su monologo. Al colgar el teléfono se detuvo a observar su dibujo y opto por tacharlo con los mismos dedos, primordialmente el índice, retirándose con un caminar desaliñado y dejando una mancha aceitosa en la ventana cuidada por el vigía. 
Fue limpiándola esta vez tratando de adivinar y evocando en su memoria lo que fue anteriormente el dibujo de la cocinera, pensando encontrar en él algo que de cuenta de ella, ya que en una confesión a si mismo tuvo que admitir el interés que ella le provocaba a pesar de su descuido y sus olores muy condimentados. Cuando empezaba a tramar la manera de acercarse a ella, quien era fácilmente unos cuantos años menor que él, de invitarle en el pueblo de destino un chocolate, una botella de vino o un beso con rastro y color, se dio cuenta de que ya había quitado la mancha de sus dedos de la ventana y frente a él se empezaba a mostrarse la imagen del pueblo que era la última parada, esta vez la estación estaba llena de gente, empezó a divisar grupos de personas, familias, personas solas, todas atentas al arribo del tren, algunas con sonrisas de esperanza, de impaciencia y de incertidumbre y otras con un dejo de premura e indiferencia.
Contemplando y adivinando las expresion es de los espectadores, advirtió figuras hermosamente nítidas y se dio cuenta de la transparencia de la ventana, lo había logrado, estaba limpísima y era más hermosa que nunca. El tren se había detenido y los pasajeros emprendían su marcha hacia el exterior demostrando las mismas emociones que había percibido en las personas de afuera, nadie miraba la ventana a pesar y/o a través de su belleza, ninguna de ellas la contemplo en su máximo esplendor, ni si quiera una mirada de complicidad y despedida de quienes la habían usado y abusado durante el viaje. Paso la niña, el joven, la cocinera, y algún otro u otra que no fue descubierto(a) en la impresión de sus huellas sobre ella.

Cuando ya había quedado el tren vacio, y las historias empezaban a desarrollarse tan solo del otro lado y él era el único testigo a través de la ventana, tomo todas las sustancias de limpieza que llevaba consigo e hizo una mezcla además de nauseabunda muy engomosa y negra y la fue poco a poco embadurnando en la ventana, borrando las sonrisas, las lagrimas, los gestos inexpresivos, los abrazos, los besos, los apretones de manos, los chocolates, las maletas, los rostros, las botellas y todo aquello que sucedía por fuera, había esperado este momento, no podía evitarlo, a él también le provocaba ensuciarla.

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